martes, agosto 29

Hay algo profundamente hermoso en la tristeza,
en tener el corazón en la mano,
deshecho y desgarrado.

Hay algo profundamente real en ese momento,
Y es que sólo te invade esa sensación,
de no caber más en tu ser,
que el océano que se hunde en tu pecho
y el hambre de querer llover.

Hay algo que se diluye dentro tuyo,
y te eriza la piel.

Temes que las heridas nunca sanen,
o que el tiempo nunca pase,

Temes no saber como curarte
o que nunca deje de doler.

Pero ya te has visto destrozado,
ya hoy cargas las cicatrices
de las batallas que pasaron,
y las ves con una mezcla
de compasión y consuelo,
porque sabes que hoy te hacen más fuerte,
más invencible.

Hay una estrecha relación
entre la tristeza y la fortaleza.

Pero hoy entiendes que ésta
no está en la corteza,
no está en los muros,
no está en el caparazón.

Tu fuerza es gracias a que fuiste
lo suficientemente valiente
para abrazar tu dolor.

Tu fortaleza está
en haber sido tan vulnerable
que sentías que te ibas a romper.

Está en haber tocado fondo,
aún cuando pensabas que no había
fondo más bajo al que caer.

Está en haber salido a la calle,
con el corazón en tu mano,
sangrando y derrotado,
y haber gritado al mundo:
No sé cuando va a dejar de doler.








martes, junio 27

Primera propuesta del Taller de escritura: Encuentro con uno mismo.

En una de esas tardes en las que sólo busco escaparme del barullo que me hace olvidarme de dónde están mis pies, me decidí por ir a buscarme.
Me fijé entre los rostros de la gente cercana, mas sólo encontré los gestos de constricción de cuando el día debería tener treinta horas y pareciera que de suerte llega a cinco.
Escudriñé entre mis cosas, los papeles dentro de una cajita de cuando intercambiábamos cartas entre compañeras de primaria, correspondencia con mi prima de Buenos Aires en hojas animadas por los ciento un dálmatas, un anillito con un elefante rojo, fotos, tarjetas de invitación a cumpleaños... Todo parecía indicar que por ahí había estado, dejando huellas volátiles, pero no quedé en ninguno de esos lados.
Me quise encontrar en el aroma del perfume Lulú de Cacharel que usaba mi mamá, en el sabor de la mustia milanesa de soja al microondas que me hacía mi hermana en sus mejores esfuerzos de adolescente cuando volvíamos del colegio, en el libro del Principito, rayoneado con fibras rosa y violeta en páginas fortuitas.
Me busqué en los ojales de las camisas de mi papá, y en sus corbatas perfectamente ordenas que te saludan meneándose cada vez que abrís la puerta del placard.
También probé poner un cd de Shakira, por si algo aparecía.
(Capaz si hubiese encontrado el casette de Sin Bandera que me regaló mi tía habría funcionado).
Me acordé que debajo de una de las maderas del parqué del último cuarto de la casa había guardado un contrato con una amiga que decía que íbamos a ser amigas por siempre. Me acordé que más tarde lo saqué y lo tiré sin miramientos por una indemnización
Eso me trajo a mi mente la cantidad de objetos que había enterrado, en un campo al que ya no voy, envuelta en esa suerte de mística y sacralidad que caracteriza a ciertos actos de la infancia...
¿Y si yo había quedado ahí? ¿Y si estoy sonando debajo de la tierra cada vez que la luna se inyecta plomo hasta quedar redonda de ensueño? ¿Si esa fue toda la razón de mi ser?

Abatida y encolerizada, salí a la callé y caminé.
Sin rumbo,
o sin orientación.
Deambulé más sobre una nubarrón de esos que se tragan la tormenta en vez de dejarla salir, que sobre las baldosas que pisaba.
Me senté en un banco y lloví.

No debe haber pasado ni un minuto, que escuché mi risa y me ví. Estaba ahí sentada, en dos bancos hacia la derecha, alimentando a las aves de estómago infinito que por las noches duermen en el palomar del parque independencia.
Qué fácil parecía la vida al verme y que tonto se veía ahora mi agobio de perderme.



lunes, marzo 13

Cree en el ahora.
Y eso significa:
Creer en la curvatura de tu sonrisa espontánea.
Creer en la ligereza con la que las lágrimas resbalan por tu rostro y estallan en tu pecho.
Creer en el enojo que aprieta el estómago y termina en tu frente.
Creer en la angustia, que se echa en tu garganta y hace aduana de las palabras que tu vientre intenta expulsar.
Creer también en el miedo, que abraza todo tu cuerpo, enfriándolo de adentro hacia afuera, una vez más.
Significa también:
Creer en tus heridas, allí abiertas, reverberando desde el centro de tu pecho, uniéndose con tus lágrimas, con tu estómago, con tu vientre, con tu piel y con tu hermosa sonrisa.

Cree profundamente en este momento y en su sabiduría, porque no existe nada más real que lo que estás sintiendo ahora.

sábado, diciembre 31

Viaje de la Trilogía Andina.

Querrá cargarse la salvación de todas las almas,
una a una,
sobre sus hombros.
Creerá (intentará pensar),
que cuando llegue a la cumbre
no quedará nadie sin sanar.
Será total, completa, uniforme, armónica y universal:
Sólo si todos los seres alcanzan aquella cima.
Arrastrados, llevados, empujados a la fuerza, o de la forma que sea.

Así comienza su viaje.

Empero, se desprenden,
una a una,
queriendo quedarse como rocas por la vía.

Avanza solo,
como le dijeron que sería.

Profanará,
primero y desesperado,
todas las tumbas de aquellos que le precedieron,
buscando en vano,
las palabras justas que necesita.

Se hundirá en la tierra,
y tomará forma de serpiente.
Allí surcará las napas y les dará forma.
Hundirá sus marfiles punzantes
en el corazón mismo del centro de la tierra.
Y morirá, extasiado y desvaneciente.

Transmutará hacia arriba.
Su hechura será la de un puma,
corporal, robusto y palpitante.
Entonces devorará,
y de todo aquello que devora,
devolverá
a la tierra
replicándose y muriendo copiosamente,
entre la lujuria y el hambre.

Sus partículas se agruparán:
alas y pico y esbeltez.
Soñará corrientes de aire,
y suspirará tempestades.
Sus ojos lo percibirán todo,
y su ser lo acogerá todo.
Mas aquel entendimiento,
no encontrará su lugar en todo lo decible por el lenguaje.
Se emanará, en cambio,
en cada instante de su aleteo,
en cada fragmento del movimiento de sus alas.
Incapturable, indecible e infinito.

Volará lejos de aquel pináculo encumbrado
que ahora intuye diminuto.


jueves, octubre 13

No puedo convencerte de que te vuelvas feminista.

No puedo convencerte de que hay otra forma de vivir.
No puedo convencerte de que en la televisión hay tanta violencia como en la calle, que tiene más alcance y entra más profundo en nuestra psiquis por ser implícita y por estar naturalizada.
No puedo convencerte de que la persona que se prostituye no lo hace por gusto, ni puedo convencerte del peso y la significación que tiene considerar un trabajo el vender el cuerpo para satisfacción ajena.
No puedo convencerte de que no le digas puta, gato, cornuda a esa mujer,
ni de que no le digas puto, maricón, afeminado a ese hombre;
no puedo convencerte de que eso sólo te limita a vos y empobrece tu visión de la vida.
No puedo convencerte de que te vuelvas feminista,
no puedo convencerte de que lo trascendental no son unas pintadas en la calle,
no puedo convencerte de que no generalices,
de que lo que hagan 50, 100 o 500 personas, no engloba a 90 mil.
No puedo convencerte de que los estereotipos de genero lastiman tanto al hombre como a la mujer,
ni puedo convencerte de que lo ejercen tanto mujeres como hombres.
No puedo convencerte de que te muestres como sos: sensible, miedosa, afectuosa, capaz, fuerte, vulnerable, protectora, dependiente y autónoma.
No puedo convencerte de que te muestres como sos: sensible, miedoso, afectuoso, capaz, fuerte, vulnerable, protector, dependiente y autónomo.
No puedo convencerte de que esos adjetivos no se contradicen, ni de que unos no pertenecen a un género y otros al otro.
No puedo convencerte de que todo el odio que pones en algo, en alguien, no es más que un reflejo de lo que odias en vos mismo.
No puedo convencerte de nada de esto, no puedo obligarte a compartir mi opinión, ni forzarte a que mires el mundo desde mis ojos, porque yo tuve mi historia y mis experiencias personales que hoy me hacen ser quien soy. Y está bien que no estés de acuerdo, tal vez a mí me falte camino por recorrer para pensar como vos, y tal vez a vos te falta toparte con situaciones distintas para cambiar de opinión.
Está bien también que maltraten, que generalicen, que estereotipen, que discriminen, que sean violentos, que consideren importante lo que consideran importante y que odien profundamente. Todo eso está bien, porque tampoco te voy a poder convencer de esto:

No te considero un enemigo, te considero una víctima más.

Y bajo esta consigna es que creo en enseñar, en informar, en inculcar los valores a los que desafortunadamente no tuvieron la oportunidad de aprenderlos de su entorno, creo en ser paciente y comprensivo, en ejemplificar y actuar acorde a mis palabras, en transmitir amor, respeto e igualdad en vez de sólo decirlos, en conducirme bajo una ley primordial: no hacer, decir ni pensar de otros lo que no quisiera que hagan, digan o piensen de mí. Creo en el cambio, creo en abandonar las estructuras viejas, que ya no sirven, creo en que es posible, creo en la revolución, y creo en que empieza en uno mismo.


                                                     


























Foto: Cusco, Perú. Septiembre 2016.

miércoles, agosto 3

de alguna manera, escribir también es llorar.

Lo que me duele no es verte ir
me duele ver a los que dejás acá.
Me duele ver a mi hermana, mi roca,
que pareciera sostenerse firme y erguida ante cualquier adversidad,
me duele verla quebrarse, verla tan frágil como yo suponía que es por dentro.
Me duele ver a mi vieja,
que sin dudarlo un momento se abalanza sobre tu cuerpo
te toma con sus manos -cálidas y ásperas de tiempo y trabajo encallados-
de ambos lados de tus mejillas,
descoloridas y amarillentas ya,
y besa tu frente unas 3 ó 4 veces.

Tal vez fueron más.

Besaba tu frente como besaste la suya,
infinitas veces,
de pequeña,
consolando su llanto.
Veo su tristeza y amor,
y la abrazo,
y ahora yo la consuelo a ella por vos.

Me duele vernos, dos y dos hermanas, y tres generaciones con vos en tu lecho,
mujeres de mi vida,
me duelen las lágrimas que brotan de sus bellos ojos color café.
No me duelen los finales ni las despedidas,
me duele nuestra sensibilidad revolcándose en el fondo de nuestros pechos,
abatiéndonos,
despertándonos,
uniéndonos
en un sincero adiós.


domingo, julio 31

En el viaje estuve tácitamente encontrándome y debatiéndome entre varias cuestiones que en realidad tal vez sea sólo una y sus derivados. A veces uno (o por lo menos yo) se exige, y más todavía cuando está de viaje, comportarse relativamente como un ser social y por ello, conocer otra gente que en su mayoría se está planteando básicamente lo mismo. Luego para mi fascinación, aunque no con tanto asombro, me topo con ciertos seres taciturnos, envueltos de cierta mística que les confiere la austeridad de llevar una vida móvil, desarraigada, y aún rodeados de gente, solitaria. Me fascinan, ya lo he dicho. Entonces el planteo se deforma. O la exigencia. Hay que permitirse los tiempos de reclusión, los tiempos de abertura, los de expansión y los de introversión cuando se sienta necesario y cuando se esté seguro de que uno no se está escapando de algo más. Después de todo la introversión/extroversión se basa en el simple hecho de dónde uno recarga y descarga sus energías. Es por esto que los del primer grupo tienden a preferir atravesar medianamente solos los momentos complicados y solo cuando acabaron de sanar o extrajeron algún aprendizaje están dispuestos a irradiar su energía hacia afuera. Viceversa con los del segundo grupo, quienes generalmente hallan mejores respuestas mediante el encuentro con otros. Y no es que otra persona los ilumine con su rayo dorado de sabiduría, sino que funciona simplemente como una herramienta para hacer brotar de uno mismo lo que ya andaba por ahí metido. No puedo con esto evitar transportarme a la teoría freudiana y deformarla un poco también. Antes me gustaría aclarar una cosa. Todos, introvertidos/extrovertidos, hombres/mujeres, jóvenes/ancianos y etcéteras poseemos (o yo diría casi somos) energía, o en letra de freud, líbido. Primeramente en el yo y luego en los objetos, seres, del mundo exterior, es decir, de todo lo que no es el yo mismo. La líbido es dinámica cuando está funcionando correctamente, se nutre y se alimenta del medio externo al interno y del interior al exterior. Ahora bien, como es entendible, cuando uno se encuentra compareciente, está energía vuelve mayormente a uno, como todos nuestros glóbulos blancos se dirigen al lugar donde nos hemos lastimado promoviendo la protección y la cicatrización más tarde. Por otro lado yo considero dos cosas, primero que la asociación libre es algo maravilloso para auto conocernos y segundo, que aunque para la terapia psicoanalítica este mecanismo deba ser direccionado por el terapeuta, uno puede en mayor o menor medida, dependiendo del entrenamiento, a auto escucharse para auto aprenderse y en ocasiones, auto sanarse. Entonces, lo que yo entiendo de toda esta cháchara explicativa y facultativa es que el hecho de que recurramos a alguien más para que nos ayude a abrir nuestros caminos de asociaciones o no, varía según dos cosas: 1) que tan entrenado tenemos el oído para escuchar nuestra voz mental y 2) que tanto permitimos al otro ingresar en esa ilación. No olvidemos que todos nosotros somos diversos y cada universo interior es tan válido como el otro. El aprendizaje que me llevo hoy es permitirme que mi interior se nutra de si mismo, se repliegue cuando lo sienta menester y cree desde allí, y permitirme también salirme, incluirme en una trama más grande, desengancharme de mi red de pensamientos para entretejerla de elementos distintos. Con la grandeza de una constelación, con lo complejo de un universo, con lo más humilde de la más diminuta molécula.

martes, junio 7

Cómo matar a un monstruo.

Me gustaba observar sus rostros cuando me miraban, retorcidos del espanto, desfigurados del asco, me gustaba cuando gemían y lloraban, y yo atesoraba sus lastimosas lágrimas en diversidad de frasquitos, los guardaba y los iba ubicando, uno a uno al lado del otro, de izquierda a derecha, en una estantería. Cada tanto iba hacia la estantería simplemente a mirar los frasquitos, a mirar sus grotescas y penosas lágrimas sedimentadas en el fondo. Solía ir cerca de las 5 de la tarde, cuando el sol entraba por una ventana desvencijada del costado, y la luz hacía que las lágrimas formaran decenas de diminutos arcoiris sobre la pared roída.
Me gustaba también cuando los hacía enojar, cuando se enfurecían y sus rostros se volvían hinchados y rojizos de cólera, cuando se tomaban de sus cabezas y se arrancaban los pelos con sus manos tensadas y nerviosas como las extremidades de una gárgola de catedral. Me gustaba ver como sus cuerpos se constreñían y se hervían, los imaginaba entre llamas, ardiendo fuera y por dentro, cocinándose su carne, derritiéndose sus sesos. Yo tomaba sus cabellos caídos, arrancados por la furia y los archivaba en unos cajones del escritorio en desuso. Volvía a la medianoche, cuando en general ya todos se habían dormido y entonces empezaba mi tarea de costura. Acomodaba los cabellos según su tono y largo, asegurándome de que el grosor corresponda a un cierto patrón para dividirlos en diversas pilas. Casi siempre eran los mismos los que tenía, los largos y enrulados, castaño teñido con tonalidades caoba y opacos llegando a la raíz, y los otros más cortos, grasos, negros y de puntas mutiladas. Cuando tenía suerte lograba recolectar de más tipos, aunque necesitaba que fueran bastantes para poder lograr una pila medianamente abundante. Una vez ya todos separados, y cada pelo con su familia de pelos, los acomodaba todos al rededor mío sobre el parquet ennegrecido, sin perder las divisiones, y agarraba el primero de la primer pila de la derecha, lo sostenía con mi mano izquierda mientras que con la derecha tomaba el primer pelo de la segunda pila de la derecha y les hacía un nudo en su extremo, intentando reducir al máximo posible el sobrante de cada pelo que sale del nudo, manteniendo el largo total de cada pelo lo más intacto que se pueda, pero con un extremo anudado a otro pelo, que a su vez mantiene lo más larga posible su extensión por fuera del nudo, para luego tomar otro pelo, y anudarlo cautelosamente al anterior, siempre vigilando que la puerta no se entornara con una brisa de las que suelen gustar de caminar por las casas viejas y amplias de noche, que volara todos mis cabellos y tuviera que recomenzar mi tarea desde el principio.

hoy.

Mire sus profundos ojos, contemplé los cristales de ámbar que parecían brillar desde más adentro que su iris, me sumergí en ese lago que me invitaba a desnudarme, a quitarme los ropajes y las chucherías, a filtrarme por aquellos espacios donde la luz todavía no ha llegado nunca, en aquellos tipos de relieves que se generan en torno a la retina, que me piden que los camine, que los susurre, que los bese. Cierro mis ojos y aún así te veo mirándome por dentro, abarcando cada pellizco de mi piel, produciendo corriente e imantándome hacia vos. Exhalo y salen de mí las palabras no dije, las preguntas que nunca pude formular, exilio de mi ser toda perorata sobre prejucios, anhelos, deberes y otras adicciones. Inspiro y viene junto al aire la brisa que corre acariciando el río, el calor de la yema de tus dedos, la clorofila del pasto que me abraza las piernas. Inhalo las burbujas de aire en lo profundo del agua, la risa de la chica que está sentada por allá, la pereza del cemento de aquel banco, la amabilidad del sol de invierno. Les regalo un final abierto y un millón de momentos así.

lunes, abril 4

Inicialmente uno tiene un compendio considerablemente complejo y cuantioso de expectativas en lo que a estar con un otro refiere: Lo disfrutamos en las películas, lo vimos en las calles y lo asimilamos en el interior de nuestros hogares.
Tal vez quererte ahora sea mandarte un mensaje, o recordar saludarte por tu cumpleaños vía alguna red social. Sospecho que hace unos años quererte era aceptar un baile con vos mientras los padres miraban de reojo desde un costado. Quererte quizás todavía más atrás en el tiempo era callarme aunque no estuviera de acuerdo. ¡Quererte hasta hubiese podido ser mirarte pasar desde una ventana, distraído, sonriéndole a otra!
Pero de todas las maneras que podría o debería haber elegido, no fue ninguna de esas:
Elegí quererte llenándome de energía yo por ese amor, elegí quererte tanto que te quiero de lejos, aún con espacio y tiempo de por medio. Elegí quererte pero no dirigirte ese amor hasta que no sea el momento adecuado. Elegí, en vez, querer a todo lo que me rodea, con sus defectos y fallas, porque todos necesitan ser queridos y entendidos. Elegí quererte, y elegí quererme a mí misma.