domingo, julio 31

En el viaje estuve tácitamente encontrándome y debatiéndome entre varias cuestiones que en realidad tal vez sea sólo una y sus derivados. A veces uno (o por lo menos yo) se exige, y más todavía cuando está de viaje, comportarse relativamente como un ser social y por ello, conocer otra gente que en su mayoría se está planteando básicamente lo mismo. Luego para mi fascinación, aunque no con tanto asombro, me topo con ciertos seres taciturnos, envueltos de cierta mística que les confiere la austeridad de llevar una vida móvil, desarraigada, y aún rodeados de gente, solitaria. Me fascinan, ya lo he dicho. Entonces el planteo se deforma. O la exigencia. Hay que permitirse los tiempos de reclusión, los tiempos de abertura, los de expansión y los de introversión cuando se sienta necesario y cuando se esté seguro de que uno no se está escapando de algo más. Después de todo la introversión/extroversión se basa en el simple hecho de dónde uno recarga y descarga sus energías. Es por esto que los del primer grupo tienden a preferir atravesar medianamente solos los momentos complicados y solo cuando acabaron de sanar o extrajeron algún aprendizaje están dispuestos a irradiar su energía hacia afuera. Viceversa con los del segundo grupo, quienes generalmente hallan mejores respuestas mediante el encuentro con otros. Y no es que otra persona los ilumine con su rayo dorado de sabiduría, sino que funciona simplemente como una herramienta para hacer brotar de uno mismo lo que ya andaba por ahí metido. No puedo con esto evitar transportarme a la teoría freudiana y deformarla un poco también. Antes me gustaría aclarar una cosa. Todos, introvertidos/extrovertidos, hombres/mujeres, jóvenes/ancianos y etcéteras poseemos (o yo diría casi somos) energía, o en letra de freud, líbido. Primeramente en el yo y luego en los objetos, seres, del mundo exterior, es decir, de todo lo que no es el yo mismo. La líbido es dinámica cuando está funcionando correctamente, se nutre y se alimenta del medio externo al interno y del interior al exterior. Ahora bien, como es entendible, cuando uno se encuentra compareciente, está energía vuelve mayormente a uno, como todos nuestros glóbulos blancos se dirigen al lugar donde nos hemos lastimado promoviendo la protección y la cicatrización más tarde. Por otro lado yo considero dos cosas, primero que la asociación libre es algo maravilloso para auto conocernos y segundo, que aunque para la terapia psicoanalítica este mecanismo deba ser direccionado por el terapeuta, uno puede en mayor o menor medida, dependiendo del entrenamiento, a auto escucharse para auto aprenderse y en ocasiones, auto sanarse. Entonces, lo que yo entiendo de toda esta cháchara explicativa y facultativa es que el hecho de que recurramos a alguien más para que nos ayude a abrir nuestros caminos de asociaciones o no, varía según dos cosas: 1) que tan entrenado tenemos el oído para escuchar nuestra voz mental y 2) que tanto permitimos al otro ingresar en esa ilación. No olvidemos que todos nosotros somos diversos y cada universo interior es tan válido como el otro. El aprendizaje que me llevo hoy es permitirme que mi interior se nutra de si mismo, se repliegue cuando lo sienta menester y cree desde allí, y permitirme también salirme, incluirme en una trama más grande, desengancharme de mi red de pensamientos para entretejerla de elementos distintos. Con la grandeza de una constelación, con lo complejo de un universo, con lo más humilde de la más diminuta molécula.