martes, agosto 29

Hay algo profundamente hermoso en la tristeza,
en tener el corazón en la mano,
deshecho y desgarrado.

Hay algo profundamente real en ese momento,
Y es que sólo te invade esa sensación,
de no caber más en tu ser,
que el océano que se hunde en tu pecho
y el hambre de querer llover.

Hay algo que se diluye dentro tuyo,
y te eriza la piel.

Temes que las heridas nunca sanen,
o que el tiempo nunca pase,

Temes no saber como curarte
o que nunca deje de doler.

Pero ya te has visto destrozado,
ya hoy cargas las cicatrices
de las batallas que pasaron,
y las ves con una mezcla
de compasión y consuelo,
porque sabes que hoy te hacen más fuerte,
más invencible.

Hay una estrecha relación
entre la tristeza y la fortaleza.

Pero hoy entiendes que ésta
no está en la corteza,
no está en los muros,
no está en el caparazón.

Tu fuerza es gracias a que fuiste
lo suficientemente valiente
para abrazar tu dolor.

Tu fortaleza está
en haber sido tan vulnerable
que sentías que te ibas a romper.

Está en haber tocado fondo,
aún cuando pensabas que no había
fondo más bajo al que caer.

Está en haber salido a la calle,
con el corazón en tu mano,
sangrando y derrotado,
y haber gritado al mundo:
No sé cuando va a dejar de doler.








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